COMO SI EL CUERPO FUERA UN ARMARIO
La madurez agota:
una colección de porcelana,
corales, alabastro.
Amarlos como se ama
a un ser humano.
Sofisma provocado
por el vino.
La mano está vacía.
Nadie pasó por esta playa
sin embargo alguien
debe venir
en medio de la lluvia
porque la esperanza
¨carece de principio y de fin¨
diría Parménides
y el destino es benévolo
no deja a una mujer
mirar hacia la Meca
con los ojos cerrados.
Cuando se lave de sus lágrimas
renacerá en el alba
con las uñas crecidas
y uno que otro recuerdo.
La mano
está vacía
pero tiene minúsulos
objetos
en los que se detiene
sin musitar palabra:
conchas de las Antillas,
camafeos y cartas.
La botella de vino.
El todo va creciendo
y se acumula
como la resaca y al
retirarse el agua
quedan sobre la arena
esqueletos de sueños
cerca de algunas latas.
La playa, ese desierto,
la relinga de un barco
que se agita en el viento.
Quién sabe
adonde
van los pies
de la desesperada.
¿Se internará en el agua?
¿O junta desamparo
con guijarros?
Es hora
de regresar a casa
con los bolsillos llenos
de fósiles marinos
y las manos vacías
para que vuelvan
a crecer las uñas.
Cuando se aspira
a la serena
majestad del ciruelo
amor y odio resultan
- al fin y al cabo-
fútiles caras
de la borrachera.
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